El fundador de la Sociedad Teosófica en España

Historia sin biografía de un elegante caballero escéptico y millonario convertido a la Teosofía por madame Blavatsky. Así podría subtitular esta peregrina y breve información sobre la estupenda figura de D. José Xifré, silueta destacada, con más relieve que muchas otras, e injustamente borrada en nuestros días, de la sociedad alfonsina del pasado siglo.

Ahijado del duque de Sexto y condiscípulo de Alfonso XII, el caballero Xifré se encontró, de golpe y porrazo, heredero de su padre y propietario, entre otros bienes, de ochenta millones de pesetas, un barrio entero en Barcelona, aún conocido por barrio de Xifré, y el famoso palacio árabe del paseo del Prado. Frívolo, escéptico y elegante, fue el compañero de Alfonso XII en los días en que Isabel II estaba lejos del discutido trono de España.

El París, el caballero Xifré hacía la vida de todos los elegantes con dinero. Tenía trabajo todo el día por no trabajar en nada, y una pasión disculpaba la frivolidad insensata de las demás pasiones. El caballero Xifré leía todo libro interesante vient de paraître. Viviendo la vida de los grandes bulevares, oyó el caballero Xifré ponderar los milagros laicos, la vida extraordinaria de madame Blavatsky. El caballero Xifré decidió conocer a madame, sin otra idea quizá que la de divertirse a su costa. Se podía permitir ese lujo como un lujo más de elegante y millonario pseudogenial. Cruzó el Canal de la Mancha y orientó su brújula zumbona hacia la isla de Wight, donde vivía madame Blavatsky.

El encuentro del caballero Xifré con madame no fue exactamente una victoria del español. Xifré se encontró con una mujer fabulosa y extraña, de estatura gigantesca y carnes más que proporcionadas a aquella estatura, con el rostro [palabra ilegible] cargado de una abotargada nostalgia oriental. Tenía madame H. P. Blavatsky, entre otros dones maravillosos, el no menos maravilloso de la palabra. Xifré, reportero desinteresado, hombre que se pasó la vida tomando notas de cuanto veía para unas memorias o ideario que nunca se decidía a escribir, tiró de un pequeño cuadernito para apuntar lo saliente de aquella conversación, y vio con sus ojos el primer acto de asombro: el cuaderno huyó de sus manos, mientras madame sonreía. Diríase que habíase diluido en aquella sonrisa. Durante unos minutos, el caballero Xifré buscó inútilmente su cuaderno de notas, que inesperadamente cayó del techo a sus manos.

Desde aquel momento, la amistad entre el caballero y madame se unió por la admiración de aquél a ésta, a quien visitaba todos los días, deleitándose con su extraña conversación. Aprendía Xifré todo aquello de que antes, sin conocerlo, se había burlado, y tuvo un profundo disgusto cuando llegó el día en que era necesario, siquiera por algunas horas, volver a París. Xifré, con su billete de regreso en el bolsillo, fue a despedirse de su amiga, quien con un extraño tono de voz, le dijo:

— Quiero hablar con usted mañana a estas horas, de modo que perderá su billete y vendrá a visitarme mañana.

Xifré sintió cómo el poder de aquella mujer misteriosa le atraía. Perdió su billete, y cuando la cosa no tenía remedio se encaminó a casa de la Blavatsky, renegando de aquella debilidad suya, inexplicable y vergonzosa para quien siempre hizo un culto del imperio de su voluntad. Madame le recibió despectiva y toda su conversación fue un insolente recrearse en la debilidad de su amigo, bromeando sobre el hecho de que éste hubiera perdido su billete.

Ya en la calle, Xifré se juró quizá no volver a poner los pies en aquella casa, cuando al hojear un diario se entera del choque horrible de dos trenes. Uno de ellos, en el que el número de muertos era alarmante, resultaba ser el mismo expreso que Xifré hubiera tomado sin la orden de madame Blavatsky.

Don Mario Roso de Luna, el admirable polígrafo y escritor teosófico, me aseguran haber oído al propio Xifré su devoción y agradecimiento por madame H. P. Blavatsky, quien aún le libró la vida dos veces más. Una de ellas en un duelo. Estando ya convertido a las doctrinas de madame Blavatsky y siendo un teósofo convencido y entusiasta, el caballero Xifré tuvo una cuestión de honor y acudió a pedir consejo a su maestra.

El problema moral y social de Xifré era complicado y al parecer sin solución. Como teósofo, no podía matar. Como caballero, había de batirse. El duelo era a pistola, en condiciones graves, y madame le dijo: «Más vale morir que matar. Dispara tu pistola al aire.» Así contó Xifré a Roso de Luna que lo hizo, obteniendo un resultado que ya no prueba el poder pseudotenebroso de la Blavatsky, sino su conocimiento del corazón humano; su rival, conmovido por el rasgo de Xifré, disparó al aire también y el duelo terminó con una reconciliación inmediata en el mismo terreno del honor.

*

El extraño y estupendo caballero D. José Xifré y Hamel tuvo toda su vida una rara habilidad para irse quedando sin dinero. Hace falta ser muy hábil para tirar por la borda ochenta millones de pesetas, un palacio en Madrid y un barrio entero en Barcelona.

Aunque su residencia habitual estaba fijada en París, Xifré venía a Madrid con frecuencia. En uno de sus viajes fundó aquí la Sociedad Teosófica Española con D. Tomás Doreste y D. Francisco Montelín y Roca de Togores.

Don Tomás Doreste, bien conocido por todos, fue uno de los más claros cerebros de su tiempo. Nacido en Canarias, cursó en el mismo Instituto regional con Pérez Galdós y León y Castillo, dudando sus profesores cuál de los tres daba muestras de mayor y más diáfana inteligencia. Se significó como publicista y político, estando siempre en las huestes de Moret.

En cuanto a D. Francisco Montelín y Roca de Togores, aristócrata famoso, fue uno de los más destacados hombres de su tiempo en la Teosofía. Hombre de gran voluntad, se cuenta de él, como anécdota significativa y cierta, que habiendo encontrado en una librería madrileña la obra de madame Blavatsky «Isis sin velo», explicación dada a los antiguos misterios de las ciencias, religión y filosofía, aprendió rápidamente el inglés sólo por leerla, mandado luego hacer una edición española espléndidamente editada, en dos tomos, en folio, e imprimiendo después los tres inacabables volúmenes de «La Doctrina Secreta», de la misma autora. Parte de la riqueza de Xifré consistía en ingenios cubanos, que, por su abandono y las calamidades de la guerra colonial, vio perder en su totalidad. El se daba buena prisa en comprometer su dinero en empresas que, indefectiblemente, eran ruinosas, gastando sin [palabra ilegible] para sostener su vida digna de un principe. El barrio de Barcelona fue vendido. Parte de él pertenecía hasta hace poco a un hombre que, cuando Xifré estaba en su día de esplendor, tenía que solicitar dos reales para refugiarse en un café de aquel barrio. De capellanías y obras pías poseía el caballero Xifré otra linda baraja, cuyas cartas fueron desapareciendo de sus manos, y, por último,  el palacio del paseo del Prado fue vendido por Xifré en bajo precio.

Favoreció espléndidamente toda clase de aventuras intelectuales y dio vida, con innumerables gastos, a la Sociedad Teosófica, imprimiendo múltiples obras y mandando traducir todo cuanto podía tener interés en su tiempo.

Murió en París, dueño de esta única fortuna: trescientos francos. Su vida fue una novela de confuso estilo, pero de corte distinguido y ameno diálogo. El caballero Xifré fue un millonario que quiso hablar con Dios y con el diablo. Cuando ya sólo le quedaban trescientos francos, comprendiendo que no tenía fortuna para conferencias ultraterrenales, murió elegantemente. Acaso creyendo que era un modo de hablar directamente con ellos sin costarle el dinero que ya no tenía.

CESAR GONZÁLEZ-RUANO

Facsímil original:  La Libertad (Madrid. 1919). 1/2/1929

Comentarios

Entradas populares de este blog

The Alberto Dollar

H. P. Blavatsky interview in The Star newspaper. December 18, 1888.

Fourteen-Year-Old Runs for NDP Office, Says He Aims to Be Prime Minister | Alberta, Canada