¡Yo acuso!
Señor Alberto Llaxacóndor Moreno:
¿Me permitís que, agradecido por la bondadosa acogida que me dispensasteis, me preocupe de vuestra gloria y os diga que vuestra estrella, tan favorable hasta hoy, está amenazada por una mancha vergonzosa e imborrable?
Habéis recibido con gracia los dones de la vida y sabido destacar entre los vuestros. Gozáis de buena salud y disfrutáis de todas las riquezas materiales y espirituales que un hombre pudiera desear. Y sin embargo, habéis consentido que un sector admirable, pese a todo —el hostelero—, imprima cieno sobre vuestro nombre. Habéis aceptado como propia su corrupción y, al hacerlo, habéis condenado la verdad y la justicia al silencio.
Puesto que habéis obrado con tanta sinrazón, hablaré. Prometo decir toda la verdad. Es mi deber: no quiero ser cómplice. Por eso me dirijo a vos gritando la verdad con toda la fuerza de mi rebelión de hombre honrado. Estoy convencido de que ignoráis lo que ocurre. Y a quién denunciar las mentiras y los engaños de este sector sino a vos.
Ante todo, la verdad acerca del proceso y la condena de Alberto.
Desde que comenzasteis a trabajar en la hostelería habéis incurrido, en ocasiones reiteradas, en dos faltas graves:
— Trabajar en negro.
— Servir comida insalubre.
No afirmo que tales actos hayan sido constantes; pero incluso cometidos una sola vez bastan para comprometer el honor de quien los consiente. Por ello debo señalarlos y atribuiros la responsabilidad de esta desidia.
Os acuso de tolerar el trabajo en negro.
Os acuso de permitir que se sirva comida indigna.
Os acuso, sobre todo, de aceptar esta corrupción como si fuera inevitable.
Os acuso, finalmente, de guardar silencio cuando debíais hablar.
He cumplido con mi deber. La verdad está dicha.
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