Tratado breve de humillaciones escolares
Acto primero
La siguiente historia se sitúa entre los años 2006 y 2009. Me hallaba entonces en los primeros años de primaria y tenía una profesora llamada Rosa. Rosa era estricta, pero amable.
Un día olvidé hacer los deberes y, como no los tenía, no fui a entregarlos a su mesa al final de la clase. Tenía tanto miedo por lo sucedido, y quizá por su enfado, que no me atreví a decírselo.
Aquel día tenía la voz ronca y al día siguiente apareció en clase sin voz. Yo reuní valor y se lo conté; quizá porque, sin voz, no daba tanto miedo, o quizá porque por fin había encontrado el valor suficiente para hacerme cargo de mis errores.
Craso error.
Nunca había estado tan enfadada conmigo. Quizá no podía hablar, pero eso no impidió que, con tiza y en la pizarra, escribiera un largo texto que todos mis compañeros leyeron también. Decía algo así:
“Tú te has aprovechado de que yo no tenía voz para contarme hoy —y no ayer— que no has hecho los deberes”.
Decía más cosas, pero eso es lo único que recuerdo.
Acto segundo
Nos situamos ya entre los años 2009 y 2012. La clase, esta vez, era Lengua Española, y el colegio, otro diferente.
La profesora decidió mandarnos resumir un libro. Aquello fue divertido, y puse mucho esfuerzo en mi resumen. Yo esperaba sacar una muy buena nota, pero resultó que, cuando me devolvió el trabajo, apenas había pasado la prueba.
Aquello fue una conmociono para mí; fui incapaz de aceptar ese resultado. Debí, sin duda, haberle reclamado una explicación de mis fallos, pero no supe hacerlo.
La siguiente vez que nos mandó hacer un resumen no me esforcé lo más mínimo: copié el texto de la contraportada y así lo entregué.
Cuando devolvió los trabajos y llegó la hora de las calificaciones, la profesora explicó delante de la clase cómo, al corregir mi resumen en casa, primero le había sorprendido gratamente la calidad con que estaba escrito, pero cómo aquella admiración se tornó en indignación al comprobar después que mi texto era exactamente el de la contraportada.
Suspendió mi trabajo.
He aquí otra humillación pública a mi persona; esta vez, merecida.
Acto tercero
Cuando me encontraba en cuarto de la ESO me sucedió algo que no esperaba: suspendí Física y Química.
No fue un suspenso por lo raspado; fue un suspenso duro y demoledor.
Cuando llegaban los exámenes alargaba incluso el momento de escribir mi nombre, porque no iba a ser capaz de rellenar nada. Trataba de matar el tiempo dibujando las figuras del examen. Estaba tan perdido que ni siquiera habría podido hacer trampas, a no ser que se me hubiera permitido traer el libro de texto al examen.
No tenía nada que hacer en aquellas clases, así que me dedicaba a estudiar otras asignaturas. Aunque me sentaba al fondo, un día la profesora se dio cuenta de lo que estaba haciendo.
Lo irónico era que había sido ella misma quien había aconsejado que, si íbamos muy mal en una asignatura, nos centráramos en otra en la que sí tuviéramos posibilidades. Yo me tomé al pie de la letra sus palabras, y no le sentó bien descubrirlo.
Me regañó; lo consideró una falta de respeto.
Yo me defendí recordándole sus propias palabras.
Ella contraatacó.
No se me ocurrió qué más decirle, así que guardé silencio.
Más tarde, un compañero me felicitó por la defensa que había hecho.
Acto cuarto
Finalmente, el culmen de este pequeño texto.
Primero de Bachillerato.
Cursaba el bachillerato de ciencias, que, como era habitual en mi generación, era la opción que escogíamos quienes aún no teníamos claro qué hacer con nuestras vidas: si no sabes qué elegir, elige ciencias, que es la que tiene más salidas. Esta frase sonará a más de uno.
Examen de Filosofía.
Recuerdo haber estudiado poco. Para entonces el nivel de exigencia había subido bastante, casi en proporción a cómo habían ido declinando mis notas.
Yo, por entonces, hacía trampas en los exámenes más difíciles. Usaba chuletas para ello.
Decidí copiar en aquel examen de Filosofía y hacerlo descaradamente.
Escribí un folio entero con todo el temario resumido y lo escondí debajo de la hoja del examen.
La profesora no tardó en pasearse por la clase y, sorprendida por todo lo que llevaba ya escrito, quiso ver la hoja.
Fui suspendido.
Saqué un cero y suspendí el trimestre —esta profesora era especialmente estricta con las trampas—.
Algunos compañeros me dijeron después que varias personas se habían achantado a la hora de copiar al ver cómo me habían suspendido.
Comentarios
Publicar un comentario